Para el equipo de programación de este festival es vital dejar claro nuestro posicionamiento frente al cine adultocentrista. En esta palabrota entre aparatosa, académica y medio inventada, lo que en realidad nombramos es un problema bastante concreto: la manera en que pensamos el cine hecho hacia las niñeces y adolescencias, pero también la forma en que las representamos, las miramos y, demasiadas veces, las subestimamos. No se trata únicamente de las películas “para niños”, esa categoría donde con frecuencia se confunden ternura con condescendencia y accesibilidad con simplificación, sino también de todas esas imágenes donde la infancia aparece domesticada, corregida o reducida a símbolo. Como si crecer no fuera también un territorio salvaje, contradictorio, cruel, rarísimo y profundamente cinematográfico.
Sin proponérnoslo del todo, o quizá sí pero sin admitirlo desde el principio, fuimos articulando una selección de cintas que subvierten varias de nuestras expectativas sobre cómo se piensa la niñez mexicana en el cine. Hay un interés muy particular, sobre todo en cineastas que tuvieron su coming of age en tiempos de Zedillo y pepsilindros, por regresar a esos recuerdos, revolverlos, desmontarlos y traerlos al presente. Hay algo en el cine mexicano contemporáneo que parece confirmar, una y otra vez, aquella frase del siempre citado y siempre genio Scorsese: “Lo más personal es lo más creativo”. Y entonces aparecen los hermanos, los primos, la sala convertida en fuerte, los veranos que parecían no terminar nunca, el tedio de la tarde y la luz siempre titilante del televisor. Es decir: todo eso que parecía pequeño, doméstico, incluso intrascendente, pero que termina siendo el tamaño exacto de una infancia.
Desde distintas técnicas, tonos, ritmos y espacios, estas funciones especiales nos recuerdan algo que a veces se nos olvida con demasiada facilidad: que la representación importa y que crecer tiene algo de prodigio, aunque a veces venga disfrazado de juego, de miedo o de desastre familiar. La familia aparece aquí como refugio, campo de batalla, estructura rota o invención afectiva. Está la familia elegida, como en Ángeles; la fracturada, como en El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja); la cercana, cotidiana y no por eso menos compleja, como en Vainilla. La familia mexicana, pues, con todas sus deformaciones, sus cariños extraños, sus silencios, sus alianzas improbables y sus maneras muy particulares de acompañar el crecimiento, resuena en todas estas películas.
A esta curaduría sumamos Soy Frankelda, un éxito reciente que comparte algo que no es tan común como debería, el respeto absoluto por la inteligencia emocional, la curiosidad y la voracidad perceptiva de quienes están descubriendo el mundo. La película nos invita a volver sobre la experiencia de crecer no desde la nostalgia vacía, sino desde una frescura más radical: la de mirar otra vez como mirábamos antes, con menos cinismo y más asombro, o al menos intentarlo.
Porque la cinefilia también se forma en la niñez. Porque no creemos que la dignidad de la experiencia audiovisual empiece en la mayoría de edad. Porque hay imágenes que nos constituyen mucho antes de que tengamos palabras para explicarlas, porque pensar el cine para, sobre y desde las infancias no debería ser un gesto menor ni una cuota de ternura en la programación, sino una forma seria de preguntarnos cómo fuimos, qué miramos, qué nos hizo el cine y qué seguimos buscando en él. Desde ahí es que pensamos esta programación.
Gabriel Mora
Censo y Diagnóstico de Cineclubes PROCINECDMX